El negro de la obra

Ahora está sobre mí. Se mueve adelante y atrás como el hierro que mueve las ruedas de un tren de vapor cuando arranca en la estación. Su cuerpo es grande y debajo de él me siento pequeña e indefensa. Era solo una fantasía… follarme al negro de la obra.

No penséis que estoy en peligro. Ni que me están forzando a hacer nada que no quiera hacer. Yo solita he provocado esta situación. Lo que empezó como una fantasía que me sorprendía a mi misma cuando miraba ensimismada por la ventana, ahora es una masa de músculo y sudor masculino que está penetrando en mi interior.

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7 días antes

«¿En serio? ¿Un sábado?»

Una máquina repiqueteaba en el suelo de la calle y hacía un ruido alto, seco y repetitivo. Eran las 8 de la mañana.

La pandemia había dejado tras de si un tasa de paro altísima y, para dar empleo, el Ayuntamiento había decidido renovar las aceras de media ciudad.

Mi calle estaba tomada por un ejército de trabajadores con chaleco amarillo y casco blanco. Estaban levantando el suelo con la máquina que me había despertado; las baldosas se separaban del cemento como si un torrente de burbujas de hierro pasara por debajo de ellas.

La escena no tenía nada de especial. Sin embargo, mi atención se quedó fijada en uno de los trabajadores que destacaba sobremanera.

El negro de la obra

Un chico negro trajinaba sacos de arena, hablaba con un compañero y reía. Una sonrisa entre jovial e infantil se le dibujaba en la cara cada vez que su compañero le hacía una broma.

Era altísimo. Desde mi balcón era fácil comprender que pasaba del metro noventa. Un cuerpo atlético se habría paso desde sus pies a la cabeza. Fijándome en su espalda de luchador se activaron todas mis fantasías. Llevaba el chaleco de seguridad sin camiseta y de ella salían dos brazos como boas que se tensaban al alzar cada saco de arena. Me puse muy caliente al imaginar toda aquella fuerza aplicada en mi cuerpo menudito de metro sesenta.

En ese instante, la cabeza del chico negro se volteó hacia el otro extremo de la calle y frunció el ceño. Una abuelita quería pasar hasta su portal que estaba en la zona donde los trabajadores picaban piedra. El africano corrió hacia sus compañeros, les apagó las máquinas sin pedir permiso, le pidió amablemente a la mujer que avanzara con él y, ofreciendo su brazo, la hizo llegar hasta su portal por encima de las áreas del pavimento que estaban levantadas.

Noté como mis mejillas enrojecían. «Que tío más tierno…»

Semana de ruidos

La obra avanzaba y espiar los movimientos de aquél chico negrito se volvió un pasatiempos.

Fantaseaba con hacerle subir y que me poseyera al cruzar mi puerta. Imaginaba que tenía su polla en mis manos y movía la piel de su glande mientras su enorme miembro se ponía duro.

Fueron aquellas fantasías las que hicieron que mis manos soltaran una botella de agua cuando el chico pasó por debajo de mi balcón en una ocasión.

-Señora, casi me mata -Bromeó el chico sosteniendo la botella que había recogido del suelo.
-Estoy loca -pensé. -¿Puedes subírmela por favor? -Le dije.

Suelo ser una chica tímida. Pero aquél hombre tenía algo que revolvía en mi toda mi sexualidad. Tengo que admitir que llevaba varias noches masturbándome pensando en cada uno de los músculos de aquél cuerpo inmenso. Normalmente sólo me estimulo el clítoris cuando quiero orgasmar. No obstante, la imagen de ese negro trabajando había hecho que necesitara meterme un par de dedos y agitarlos fuerte dentro de mi vagina para notarme consolada.

Segundo acto inexplicable: le abrí la puerta desnuda.

-Señora, yo.. la botella.. -El chico negro de la obra quedó atónito.

Lo agarré por el cinturón y lo empujé para dentro. No había marcha atrás.

Todo mío

-Señora, yo sólo…

Pero ya le había bajado un poco el pantalón y le estaba pajeando la polla. El chico jadeó y dejó de dudar.

Hice ademán de arrodillarme para comerme esa polla de mamut que se desplegó frente a mí. No obstante, el africano me agarró por el brazo y me tiró a la cama.

Puso su cabeza dirección a mi coño y chocó contra él como se juntan hierro e imán. Una enorme lengua rosa empezó a lamerme todo el coño. Su lengua era tan grande que solo tenía que hacer pequeños movimientos para abarcar toda mi rajita. «Dios, qué placer». Cuando se adentraba con la punta de la lengua en mi agujero notaba ser penetrada por una polla de blanco standard. Todo en él era grande. Mi cuerpo con él, pequeño.

Me puso a cuatro patas. La idea de no saber cuando me penetraría con semejante pollón me excitó muchísimo. Si en aquél momento me hubiera rozado el clítoris me habría corrido a lo bestia. Él me estaba agarrando con una mano por la cintura, con la otra estaba conduciendo su herramienta a mi agujero.

Placer con el africano de la obra

Noté fuego. Me rompía. Un calambre de placer surgió de mi coño, recorrió mi espalda y llegó a mi nuca de forma tibia y cálida. Gemí hondamente para poder digerir tanto gusto. Le había mojado toda la polla. Creo que me corrí con toda la cremita que puede salir de un pequeño conejito como el mío.

Él me embestía con fuerza por detrás y yo me agarraba a las sábanas, gimiendo descontrolada y ahogando gritos cada vez que me corría. Tanta polla me había desbordado.

Un torrente de semen cayó caliente en mi espalda. Los dos quedamos inmóviles respirando hondo unos segundos.

La botella de agua que el chico negro había subido estaba de pie junto al fregadero de la cocina.

Espero desnuda a mi chico negro de la obra

Cada día espero desnuda a que suene el timbre. Abro la puerta, vamos a la cama y me folla con todas sus fuerzas. Me folla el negro de la obra.

Como os he dicho al principio, he provocado yo esta situación. Muchos estaréis pensando que se me fue la olla.

Mis manos funcionaron solas y dejaron caer aquélla botella. No puedo explicar por qué pasó pero ese gesto hizo que la fantasía de follarme al negro de la obra ocurriera y no me arrepiento…

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