Pollas de Bestias

Aunque os parezca una buena chica no lo soy. Me encantan las pollas y me aburre la rutina. Por favor, escuchar esta historia.

Mi novio, Marcos, es un tío encantador. Mi madre lo adora. Trabaja duro y se preocupa por mí. Me cuida.

Conocí a Marcos a través de mi primo. No me llamó mucho la atención cuando lo vi. Por lo visto, Marcos le pidió mi teléfono a mi primo y mi primo me preguntó si tenía interés. Como no me había caído mal pensé que no me haría ningún daño. Era verano y estaba aburrida. Al menos, me distraería…

Marcos empezó a escribirme constantemente. Era tan educado que me costó mucho oponerme a tomar un café con él.


No me divertía en exceso en las citas con Marcos. Se esforzaba por conocerme y preguntarme cosas pero era más bien paradito. Me divertía tocándole el muslo o el antebrazo mientras yo hablaba y viendo como se ponía tenso.


Un día que quedamos por la tarde, empalmamos con la cena y cuando me acompañó a casa me dije a mi misma: «Tia, llevas casi un año sin follar, ya toca». Y le dije a Marcos que subiera.

Solo por verle la cara ya valió la pena.

 

Rutina sin pollas ajenas

Desde aquél día han pasado 6 años. Y Marcos sigue a mi lado. Atento, cariñoso, fiel. Pero hay una sensación en mí que no puedo frenar.

Lo veo hoy y sigue siendo aquél niño que no se atrevía a tocarme en la terraza del bar. Sigue siendo el hombre con el que me entretuve un verano y tendré siempre detrás persiguiendo mi atención.

Lo imagino soltero, perdido, intentando sin éxito seducir a alguna chica y me da lástima. Marcos podría ser fácilmente la víctima de alguna zorra que juegue con su dependencia emocional hacia las mujeres. Quiero protegerlo de éso, pero el hecho de ser su protectora me seca las braguitas.

Llevo tiempo sintiendo hastío cuando llega la tarde del sábado y Marcos empieza a tocarme mientras vemos una película. No entiendo cómo puede ser feliz en esta rutina.

 

Juventud

Cuando terminé la universidad y entré en una agencia como diseñadora gráfica empecé a salir de fiesta con las compañeras de trabajo.

Teníamos muy claro a qué salíamos. En las discotecas se nos acercaban hombres y disfrutaba cada minuto (aunque disimulando) de todo aquél protocolo de intercambio de señales. Me gustaba la habilidad de aquellos hombres de poner su mano en mi espalda e ir bajando lentamente hacia el culo entre bailes y risas.

Quizás lo correcto era pedir más respeto, pero mi instinto no pensaba igual. Las manos de aquellos desconocidos se movían por mi cuerpo y no quería que pararan. Acercaban sus bocas a mi oreja: los más cobardes solo respiraban; los valientes me besaban el lóbulo, el cuello o incluso me lamían. Me estaban manoseando. Me estaban besando en partes sensibles a las que no suelo dar acceso a nadie. Pero ahí estaba. Lo permitía y lo disfrutaba.

 

Pollas y dedos

La mayoría de las veces me controlaba y conseguía llegar sola a casa. Para conciliar el sueño me tenía que masturbar imaginando aquellos hombres que me habían rodeado en la pista de baile. «Soy Vulnerable». Mi cuerpo, caliente, con todas aquellas manos, quería desnudarse y ser más vulnerable aún. Sentir aquellas manos todavía más. Subiendo y bajando. Apretándome. “Bajar a mi vulva, manos extrañas”. Y me corría.


Otras veces era distinto. Alguno de aquellos hombres conseguía mojarme de veras. Sus lenguas en mi boca y sus manos en mi culo podían conmigo. Notarles la polla clavándose en mi pierna era demasiado. No hacían falta palabras. Me cogían de la mano y me llevaban a su coche, a su casa o incluso a algún portal.

“Para” -me decía a mi misma.

Pero ya estaba desabrochando sus pantalones, notando una polla dura y caliente en mi mano.

“Para”.

Pero mis rodillas se doblaban y antes de tocar el suelo ya tenía aquélla polla en mi boca que no podía parar de chupar y lamer.

Mi vulva ardiendo me pedía envidiosa que guardara un poco para ella. Imaginar que aquella polla me penetraría en unos segundos me hacía arder aún más. ¿Era realmente yo aquella chica arrodillada haciendo una felación?

Me giraba ofreciendo mi culo a aquéllos desconocidos. Estaba lista. Y ellos, sin dudar, introducían todo su rabo en mi coño hasta el fondo y notaba como se abría todo mi interior.

El instinto siempre vencía.

pollas_de_bestias

Hoy

Marcos nunca había tenido ese poder en mí. Nunca me había encendido hasta el punto de actuar irracionalmente (ni cuando empezamos a ser novios). Era cariñoso y en la cama hacíamos sexo como consecuencia del afecto.

Disfrutaba el sexo con Marcos pero echaba de menos aquellas bestias que aparecían en la oscuridad de los antros que frecuentaba y despertaban en mí esa euforia sexual.
Seis años en una relación así estaban ahogando a mi alter ego que comía pollas en casas de desconocidos pero que tanto disfrutaba.
Por la rutina, porque aún me sentía joven, porque Marcos no maduraba sexualmente, aquella parte de mí que quería perder el control estaba despertando de nuevo…


“Marcos, por favor, fóllame cuando esté dormida”. “Entra en la ducha sin avisar y empieza a penetrarme”. Son deseos que tengo, que no quiero pedir. Porque si los pido veré la debilidad de mi novio y no quiero verla.

 

Libertad

-María me ha pedido que me quede con su hija esta noche. Se va de cena con Miguel.

-¿Y por qué no la trae aquí con nosotros?

-Les da pereza tener que venir después a recogerla. Les queda lejos y será tarde.

Con la pasividad que lo caracteriza, Marcos aceptó sonriente la situación y yo ya tenía vía libre para hacer lo que quisiera esa noche. Metí unos tacones y un vestido negro muy corto en el bolso y salí con lo puesto.


La discoteca no había cambiado mucho. Al cruzar un pasillo oscuro antes de llegar a la pista de baile me sentí otra vez como antaño. Ya estaba preparada para dejarme llevar por un poco de alcohol y el ruido de la música.


Empecé a chocar con la gente en las zonas más abarrotadas. Aquello me hizo recordar esa dulce sensación de estar atrapada entre los chicos que solían competir por mí hace años. Sentí un cosquilleo en la vulva, mi cuerpo ya estaba reaccionando.

 

Pollas de bestias

Una mano me agarró por el antebrazo. Me giré y la vi allí, frente a mí, con la cara oscura. Su altura me hacía mirar hacia arriba. ¿Era la bestia? Le gustaba mi vestido y mi pelo, me dijo. Me susurraba en el oído. Me hacía cosquillas y yo reía. Me hacía bailar y sus manos, grandes, me guiaban.

Ya lo tenía por todo el cuerpo. Escapar se convertía en una opción difícil y eso me gustaba…

Su lengua entró en mi boca y la movió adelante y atrás con buenas embestidas. Su lengua, como su boca, era grande y me llenaba. Por mucho que abriera mis labios, me llenaba toda. Había llegado la hora de pollas de bestias, estaba segura.

Sentirme tan copada con un morreo me produjo una cálida sensación en la vagina. Ya estaba dilatando y mojando. “¿Por qué no me follas bien, Marcos?”

 

En la guarida de la bestia

Entré en su casa. Antes en el ascensor había tocado su pantalón para sentir como una polla enorme estaba a punto de explotar. “Me va a doler”. Pero mis piernas nunca caminan en dirección contraria. Quiero sentirlo, aunque sea dolor. Quiero que me embista por dentro, aunque duela.


Al llegar a la cama ya no tenía el vestido. A la bestia le molestaba. Lo quitó por arriba y me quedé semi desnuda. La bestia quería mi cuerpo. Me apretaba las tetas por detrás y lamía mi cuello. Yo jadeaba. “Ojalá tuvieras una amante, Marcos. ¿Por qué te has quedado en casa siendo bueno?”

 

Pollas que duelen

Con mis piernas en su enorme espalda la bestia tenía su cabeza frente a mi vagina. 

Un coño hay que comerlo con ansia y es así como las bestias comen los coños.

Su lengua se movía de un extremo a otro de mi vagina. De abajo a arriba. De abajo a arriba. Amo a las bestias. Amo sus pollas. Su lengua paraba en mi clítoris, lo rodeaba con su boca, succionaba y lo lamía con su lengua por dentro. Me quería correr pero quería aguantar para dar placer a la polla de la bestia.


Agarré su polla y la acerqué a mi vagina. La moví por toda mi rajita antes de que penetrara mi agujero. La bestia estaba impaciente y empujaba hacia adelante. Solo tuve que soltarla para que entrara en mi coño.


Su polla empujó las paredes de mi vagina en todas direcciones. Me gusta cuando las pollas hacen eso. Era tan gruesa que el ensanche que provocó en mi interior hizo que me corriera de placer. Sin embargo, disimulé mi primer orgasmo. Deseaba gemir y temblar pero quería que la bestia hiciera su trabajo a su ritmo. Ser su juguete me gustaba más que la idea de disfrutar de mi orgasmo y pedir una pausa.

 

Final de fiesta

La bestia seguía embistiendo. Siempre en silencio. Las embestidas contra mi cuello uterino me dolían y me cubría la boca con la mano. Mi otra mano estaba anclada en algún punto de ese océano que era su espalda.

Sentir aquellas embestidas contra el final de mi coño me devolvían mi juventud y el tiempo perdido con un hombre que no sabía ser un hombre: mi novio.

La bestia retiró su polla para correrse en mi barriga. Cinco chorros de semen impactaron en mi cuerpo, dos de ellos llegaron a mis pechos. Me acaricié los pezones y noté como su esperma se esparcía por mis tetas. Era semen de bestia. La esencia que tanto había echado de menos.

Cuando llegué a casa, Marcos dormía. Lo miré un momento antes de ir a la ducha. Nunca sabría lo que acababa de hacer.

El agua limpió los últimos trazos de mi acto. 

Por el desagüe, la bestia desaparecía. Una parte de mi quería deshacerse y fluir con el sudor y semen que marchaban por las tuberías.

“Marcos, me quedo, pero átame”.

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